domingo, 24 de enero de 2010

cain

“...Los humanos eran antes hermafroditas y Dios

los dividió en dos mitades que desde entonces


vagan por el mundo y se buscan...”


He aquí al asesino de tu hijo, de mi hermano.

Me acuso de haber dado muerte al que me despreciaba, al que hacia caso omiso de mi amor.

Destace su cuerpo en busca de su corazón, mas no lo entre par mi, En sus últimos latidos, no era a mi a quien llamaba. Maldito destino el mío, que fui creado dentro de un tubo de ensayo. Aleación de genes que darían por resultado al mejor hombre del mundo.


Concebido en el vientre de las constubres. Antes de ser Adán fui Eva. Creada , no de la costilla del hombre sino del esperma que alcanzo por única vez al óvulo. Renuncie a ser Eva por sentirme igual al hombre, con sus mimas ansiedades, sus manías de atracción hacia las mujeres. Un día me di cuenta de lo ambiguo de mi, de mis ideas y gustos varoniles dentro de un cuerpo de mujer.

Me hice implantar un sexo masculino de acuerdo a mi gusto femenino. Las inyecciones de hormonas harían el resto para darme completa apariencia de hombre.


Similar fue el origen de Eva, el gen decisivo opto por pasar el resto de la vida en lado femenino, su piel tersa y manera delicadas de tratar la vida fueron motivos a múltiples burlas y sinsabores que no le dejaban congraciarse en paz, con su nueva identidad.

Su miembro varonil que nunca conoció la erección fue desalojado de su entrepierna, para poner en su lugar, un par de gruesos y sonrojados labios vaginales. Una concavidad lo suficiente profunda para albergar dentro de si, cualquier miembro atrevido que la quisiera penetrar.

Unas cuantas operaciones y nadie podría decir que la ahora hermosa Eva, hubiera sido un Adán insatisfecho.


Así pues, Adán y Eva, antes Eva y Adán, se encontraron a frente a frente por los mismos motivos que otros se encuentras así mismos en otras personas. Se enamoraron de sus cuerpos, del complemento de tener para si, lo que antes desertaron de cuerpo. Cuando la intimidad tocaba sus almas, el desasosiego los alejaba, los hacia odiarse antes que revelar su pasado. Mas cada ausencia hacia crecer la llama del deseo dentro de sus cuerpos. Se buscaban, no el uno al otro, con los cuerpos se buscaron, ansiando encontrar lo que nunca hallarían.


Decidieron habitar bajo la sombra del mismo árbol, con la libertad de comer de cualquier fruto, menos del que los cobijaba con su sombra. Sin embargo, con el paso del tiempo, el paraíso se fue estrechando, los frutos ya no satisfacían como la vez primera. La desnudes de Adan, la dejaba insatisfecha, dejándole siempre una duda en la piel.


- ¿ Adan, porque no comemos de nuestro árbol?


- Porque la maldición del pasado renacerá en nosotros- contestaba afligido.


Nacimos nosotros como despojos de su felicidad. No de sus sexos estériles, ni previo anuncio de ángeles. Nacimos de la idea de varios hombres concebida en laboratorios. Crecimos con la falsa esperanza de devolver el paraíso perdido a nuestros padres.


Nació Set, el mayor. Tan pronto pudo caminar tomo rumbo sin vuelta atrás. Llego Abel, después Caín.


¿ Quien era Caín, antes que Abel llegara? Era todo , menos el hijo que se marcho con la mirada de sus padres. Crecí bajo la sombra de la ausencia, con el peso del silencio.


Llego Abel, junto con el brillo en los ojos de mis padres. Se mudaron de ropas, les creció la ilusión, nos llamaban hijos, sin haber nacido de ellos. La felicidad les llenaba el rostro, en mi pecho crecía el rencor. Le hablaron de un Dios, que yo ignoraba, oculto en cada cosa presente. Quisieron ocultar su pecado, ofreciendo a su servicio al noble mancebo.


¿ En que momento se cegaron mis ojos, junto con mi razón? ¿ Antes o después de ser llamado hermano de abel? ¿ Cuantos espíritus insatisfechos se adentraron en mi?


Nunca lo sabré, uno a uno se fueron en cada puñalada que le abría la piel, bebían su sangre para alejarse satisfechos de acción.


Mis padres, incrédulos, me sometieron a su furia, para después dejarme atado al árbol de su perdición.


Hoy en día, nadie me reconoce, decidí vivir con piel de mujer. Los hombres creen poseerme, mientras yo sigo buscando el corazón de Abel.

E.

Fernández

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